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miércoles, 17 de diciembre de 2014

PERROS PARISINOS


Fotografía Dani Game
Por Dani Game

París está llena de cosas, cosas de tanta gente que vive aquí, en la ciudad más densa de Europa. Aunque nos creemos únicos bajo el gris, la gente y sus cosas se repiten, los lugares también; café, beso, paraguas, loco, cine, viejos, niños, río, mujer de labios rojos… puente, clochard y kebab.  La perpetua escenografía Haussmann hace de todo un fotograma sin fin.

Algo que rara vez se dice de este París repetitivo es que está lleno de cacas de perros. En nuestro caminar que no quiere perder el próximo tren, aprendemos a esquivarlas con indiferencia. No la veo, no la huelo, no la piso, parece decir alguna ley. Nadie se indigna, nadie se queja, nadie recoge las cacas a pesar de toda campaña que ha empapelado la ciudad luz para librarla de la mierda.

Cuando se es primeriza aquí no se entiende porqué hay tanta huella canina y tan pocos perros, pero luego se reconoce que esa inquietud es producto de tanto amanecer quiteño que te despertó a punta de ladridos. Si ellos ladran, existen, diría la lógica del barrio; pero en París los perros no ladran, entran a los restaurantes, al metro y te miran como un Napoleón de óleo sobre lienzo.

Por suerte el tiempo pasa y una entiende que los perros son perros en cualquier lugar, por más que el respeto al vecino y la politesse hayan callado su voces. Aquí ellos también ceden ante el primer gesto de afecto que encuentran en la vereda. Se les tiende la mano debajo del hocico para que te huelan y te miren moviendo la cola. Les emociona conocer gente, son más sociables que domésticos. Son más sociables que sus dueños.

Los parisinos se quedan un poco perplejos cuando gente de otros mundos se lanza a acariciar a sus perros. No saben qué decir, tensan  la cuerda y el gesto,  pero cuando ya no se es primeriza en esta ciudad, la tensión parisina te importa poco, te lanzas a acariciar las orejas largas y peludas porque extrañas a tu perro, les hablas en español, les recuerdas su derecho a ladrar, les cuentas que Neruda sabía que son leones desorientados y te vas sonriendo aunque nadie más sonría porque llueve, porque es diciembre y porque es París.

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